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¿ESTIMULACIÓN MUSICAL? NO, GRACIAS

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Xilófono, instrumento musical. IMAGEN DE ARCHIVO
¿ESTIMULACIÓN MUSICAL? NO, GRACIAS

A menudo escuchamos la palabra estimulación en los temas relacionados, sobre todo, con bebés y niños y niñas pequeños. ¿Qué es estimulación? Según la RAE estimular es:

  1. Hacer que alguien quiera hacer algo o hacerlo en mayor medida
  2. Poner en funcionamiento un órgano, una actividad o una función, o reactivarlos.

En cualquiera de los dos casos, si analizamos propiamente la descripción, se trata de una acción conductista (espera obtener una reacción X) y extrínseca a la persona. ¿Queremos conseguir esto, de verdad, con nuestros bebés y niños y niñas pequeñas? ¿Queremos esto de la música?

Bajo mi punto de vista, que es el de una pedagogía musical basada en las necesidades y características de las personas en cada etapa evolutiva, nada más alejado de la realidad. Pensamos y sabemos que los niños y niñas pequeños, así como los bebés (a excepción de casos concretos y previamente derivados de profesionales de la salud, en cuyo caso sí que entrarían bajo un prisma terapéutico, es decir la Musicoterapia – disciplina de la que hablaremos otro día) no necesitan estímulos externos, ya que ellos y ellas tienen la llave del aprendizaje durante los primeros años de su vida (y siempre). Debemos respetar sus procesos naturales de crecimiento y de maduración, sus tiempos y sus características propias. Debemos ser acompañantes, observadores/as de su proceso, cómplices y un bastón cuando hacemos falta (SÓLO cuando hacemos falta). No un helicóptero.

En su proceso de crecimiento, su evolución, el desarrollo de sus intereses, etapas evolutivas y su afán curioso por naturaleza, son ellos y ellas los que van buscando esos “estímulos” de manera natural, de manera acorde con el momento que están atravesando, sus deseos y sus capacidades.

Es por eso que la música no debe utilizarse como una estimulación, sino como un recurso para el descubrimiento. Y el descubrimiento no es concreto, no es dirigido, sino que es personal de cada niño y niña, de cada bebé y cada familia.

Porque estimulación y sobreestimulación, para nosotras, tienen una delgada línea que las separa. Y muchas veces se abusa del color, de la rapidez, del volumen, de “más fuerteeeeeeeeeee que no os oigo”, de selecciones musicales poco apropiadas o poco sensibles para nuestro público más menudo. También se abusa de las actividades “divertidas y coloridas” en las que el niño o niña meramente imita una serie de movimientos sin ningún rigor musical detrás, sin objetivos que sustenten dicha secuencia de movimientos, sin propósitos más allá del mero entretenimiento (lo cual no está mal, pero en ningún caso debemos llamarlo aprendizaje musical o aprendizaje a través de la música, sino entretenimiento).

Y ¿qué podemos hacer y hacemos ante esto? En nuestro caso, creemos firmemente en el tiempo y en el espacio de cada ser. Respetarlo, saber verlo y saber apreciarlo. Tiempos de espera, de escucha y de mirada. Muchas veces se quiere una respuesta inmediata y/o concreta (que dé una palma cuando yo me callo, que toque el tambor justo cuando le ofrezco la baqueta…), y sin embargo cada persona tenemos nuestros tiempos. Debemos perder miedo al silencio y a la espera. Porque cuando conseguimos integrarlas en la práctica y en nuestras sesiones, entonces y sólo entonces es cuando surge la magia. Y por supuesto, tener siempre delante de cada propuesta un objetivo acorde a las personas con las que estamos trabajando, a sus necesidades, a su momento. El objetivo puede ser meramente musical o transversal (psicomotriz, emocional, cooperativo entre un sinfín de posibilidades).

Uno de los recursos más importantes para huir de la sobreestimulación es la repetición. Dota a las criaturas de confianza y seguridad (pueden prever, sienten el control de saber qué viene después), afianza su memoria, su sentido musical, su concentración…

La pedagogía Waldorf sostiene que la repetición nos devuelve a los ciclos naturales de la vida y de la naturaleza. Al fin y al cabo, eso es lo que somos, y por tanto es lo natural y lo óptimo para el desarrollo en la primera infancia (y en todas las infancias hasta la vejez).

Observación, silencio, respeto, escucha y mirada. Y confianza, mucha confianza en ellas y en ellos y en la música y todo lo que les puede aportar. Porque tal y como dice Stefan Koelsch, “somos criaturas musicales de forma innata, desde lo más profundo de nuestra naturaleza”.

María Suberviola, Musas y Fusas

@musasyfusas

 

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