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ARBITRIOS

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ARBITRIOS. FOTO MARTA SALAS

En esos dos metros cuadrados, él, Fidel.

No tenía opciones de éxito, pero ganaría esa batalla. La ganaría por su frialdad, por el dolor que siempre le era ajeno, por su desinterés fuera de su interés. Desafinaba, pero lograría ese Grammy; llegaría a la meta, haciendo zancadillas; cuando los ladridos, subía el volumen, cuando la flauta de Euterpe, también, igual daban los importunos, cuando el balón estaba en posesión culé.

Aquel era su mundo, su mierda mundo. Sofá, televisión y birra barata. Merecido descanso tras una agotadora jornada de trabajo. Traga, traga, tragabolas, pero algo más sencillo e inactivo. Aullaba imitando al orangután, no acertaba una, pero ganaría. Fidel ganaría.

A escasos metros él, Alfredo. Absurdo pensante de lo poético; inútil en el terreno de pisar suelo; trabajador sin sueldo, incansable e insoportable. Agotador.

Perdería la batalla, así, sin más ni menos. 

Hubo un tiempo, un rato o un lugar, donde Fidel y Alfredo se amaron, hace tiempo, hace ratos y hace lugares. Los hubo y dicen que ahí siguen, viendo a más personas amarse, pelearse y morirse. Eran testigos. Como todos, testigos y jueces.

Ambos ansiaban ganar. Fidel por contarlo, por la medalla y por su testosterona, no fuera que se rieran de él. Alfredo, ay desagraciado, lo deseaba por justicia, no para él, si no por los que sonreían a su lado. Era suficiente y justo, sonreían. 

En el día señalado llegaron al ring. Fidel se sentía vencedor sin comenzar la batalla, así se lo aseguraron tres, sus tres adoptantes. Para algo habían pagado sus vacunas y su castración.

Alfredo llegó nervioso, sin importarle ganar o perder, sólo quería poner fin al absurdo y seguir, sobre todo, viendo las sonrisas, sus banderas.

Comenzó la pelea. Había armas de destrucción masiva, las poseían los adoptantes. Habían también sonrisas, poderosas sonrisas, incluso, alguna carcajada de los que no fallaban a Alfredo. Las armas eran potentes y los espectadores se animaban a las apuestas.

En el público, curas y payasos. Todos animaban. Unos insultando, otros, riéndose, sobre todo de si mismos. A más insultos, más risas. Había buena pelea y algunos enloquecían. 

Anunciaron un gol por la megafonía. Fidel cesó en la pelea para escuchar, momento en el que Alfredo propinó la definitiva, la carcajada final. El árbitro no permitió ese ataque, por ausencia de violencia, por no llevar la intención clara de herir, por ser de verdad y contagiosa.

El árbitro, familiar de un adoptante, declaró ganador a Fidel. Los payasos, testigos de aquel teatro, protestaron, riéndose a carcajadas. Los curas daban gracias a Dios y a Vox.

Cambió de canal. En Eurosport echaban otro, de tercera división. Un cosquilleo placentero recorrió su cuerpo mientras abría otra fría Steinburg.

 

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